La fe del becario y otras invenciones para la supervivencia

Pongo mi fe en un cable rojo, me dejo las rodillas cumpliendo mi propia penitencia. Creo (estoy casi segura, pero no es demostrable) que la misión de recoger y soltar el cable rojo que conecta la cámara con el control de realización, desencadenará una serie de consecuencias astralmente positivas en lo que viene siendo mi futuro laboral. (Algún día estas horas “de gratis” se traducirán en un trabajo tan bien pagado, que hasta me sobrará dinero para inscribirme en una cofradía). No levanto la vista del suelo, cuando comienza la procesión de metros reptando sobre el asfalto. Escucho sus palabras de desprecio, puedo imaginarme sus caras de asco hacia mi cable rojo, “coño con el cable”, “cuidado con el cable”, “me vas a tirar con el cable”, lo siento si no te gusta el puto cable, yo también he llegado a odiarlo y a cuestionarme: ¿por qué? ¿De verdad es necesario tanto sacrificio? ¿Tanta parafernalia? ¿Hay vida después del cable? Pero es mi cable, es en lo que creo, al igual que ellos creen en un trozo de madera jadeante, yo creo en un trozo de cable arcaico perfectamente prescindible en los tiempos inalámbricos en los que estamos. Y de color rojo, para más inri, como el pecado; con el que se tropiezan todo tipo de mortales: viejas, niños, embarazadas, quinquis y policías. Me duelen las piernas, los brazos, la espalda. Tengo más agujetas que estaciones tiene el vía crucis. Me siento identificada de vez en cuando, con ese Cristo descontextualizado, abochornado, incomprendido y custodiado por ciudadanos anónimos que lucen un cucurucho en la cabeza, por legionarios fusil en mano; y políticos repeinados, según el día de la semana que toque. (Ocurrencia que tuvo alguien hace mucho tiempo, y por ello totalmente legítima).

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La fe hace que la gente se comporte de manera irracional. He visto a personas muy diversas comportándose de forma idéntica. Yo por ejemplo digo frases bondadosas a los niños, tales como “Guapo, no pises el cable” “Rubio, ten cuidado que te puedes caer”, cuando en realidad mi cerebro hierve recalentando la frase: “Me cago en tu p*** madre y en las ostias que no te da”. Misterios tan difíciles de comprender como el momento de gloria en el que por fin puedo coger la cámara y buscar los planos que me plazca. El realizador confía en mí, porque lo emitido en esos momentos tiene tan poca importancia como audiencia. Soy tan feliz y tan incomprendida como la señora a la que miro perpleja, mientras se abalanza con más personas a coger romero del suelo que acaba de tirar un camión. La mujer se justifica ante mí, quizás porque permanezco tiesa observando la escena. Yo también tengo razones para mortificarme por el cable rojo. Aunque me las guardo, junto a los muchos contras, bajo la fe.

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