Mil novecientos noventa y algo

“¡Mira el rojo, mira el rojo!” Me asomo a la ventana, sin asomarme a la ventana. Pensaba en otra cosa, la vista nublada, la preocupación típica. Me asomo a la ventana porque no me queda otro remedio, no me interesa casi nada, y mucho menos lo que pase en la plaza Juan López Quintana a las 8.30 PM. Solo quiero cerrar la persiana. Pero no cierro la persiana, en la calle un vestido rojo seduce mi retina y en menos de un segundo hackea todos mis recuerdos para robar sin permiso una vieja costumbre de hace 20 años: “¡Mira, mira, el rojo!”. Me noquea.

Y me siento en mi escritorio sin cerrar la persiana, con un recuerdo vibrando en la garganta: estoy sentada junto a mi abuela, en la terraza. Como cada noche de feria, juntas contamos cuántas mujeres pasan vestidas de gitana. Por aquel entonces y según mis cálculos inexactos, al menos dos de cada cinco mujeres escogían el color rojo para su traje de flamenca. El color más bonito según mi abuela, después del rosa. “¡Ese es muy pegado!” “Ese es muy corto”, “Esa lleva un moño muy feo”, “¡Esa está muy gorda!” Ella era bastante inclemente criticando modelitos y figuras, y yo me divertía escuchando sus comentarios, sagrados y totalmente incuestionables para mí, como lecciones de estilismo castizo. Cosa que en mi adolescencia no me haría tanta gracia, porque la criticada era yo, y dentro de las normas del estilismo castizo, cualquier moda posterior a 1940 era horrorosa. Pero en tiempos felices y de infancia, en agosto, en la terraza, ella a menudo se distraía, y miraba hacia las ventanas de otras casas vecinas, o al canario que teníamos, que también murió ya, y le decía “¡pichi! ¡pichi!” para que piara, y cuando piaba, se reía y le contestaba “¡Ay, qué bonito eres!”. Por eso yo debía estar atenta al asunto verdaderamente importante, ojo avizor, esperando a que una mujer cruzara la plaza de mala muerte donde vivo, porque al ser de mala muerte, cruzaban muy rápido. “¡Mira abuela, mira! ¡Que se va!”.

Ahora ha decrecido el número de mujeres que visten de gitana, o quizás lo que ha decrecido sea mi interés en localizar volantes, flores, peinetas y lunares. Ya no hay motivos de peso para esperar que llegue la feria, más que recordar el pasado, a través del olor a mazorca o chocolate. Ya no hay novedad, porque lo de beber calimocho en feria tampoco es para tanto y ahora ya una es consciente del precio de la noria, que cada año está más cara y da menos vueltas.

umathurman1-z

Imagen: Uma Thurman, calendario Campari 2014

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