Morir entre muertos

Morirse solo es una desgracia. Morir rodeado de gente muriendo es una tragedia. Los muertos de Gaza se ríen de nosotros cuando Obama habla de “seguridad internacional”.
Se ríen cuando nos creemos que estamos seguros por tener la suerte de vivir en Occidente. Los muertos de ébola se ríen de nuestro sistema de sanidad, se ríen de los informes de la OMS, de las farmacéuticas, de los aeropuertos y las fronteras. Se ríen porque ya están muertos y por fin pueden reírse (ejercitar la ironía es imprescindible, sobre todo una vez muerto). No se ríen tanto los que mueren junto a ellos. Morir rodeado de gente muriendo te intoxica el ánimo, primero. Luego te borra el nombre, te difumina el rostro, te convierte en un conejo de la suerte en constante huida.

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Material usado para tratar pacientes con ébola. El País. SEYLLOU/AFP

Un vuelo internacional es derribado en Ucrania. Han muerto civiles. Hay historias personales. El hombre que pudo acabar con el sida. Las vidas truncadas de pequeños inocentes que volvían de vacaciones. Un colegio sirio bombardeado solo es un montón de escombros que ya se había resquebrajado mucho antes. Sus niños ya estaban muertos antes de estarlo. No tienen nombres. No eran promesas para su país. Eran cifras puestas en cuarentena, muertos vivientes. Porque morir entre muertos te borra el nombre, te convierte en un dígito. No tienes derecho a velas y flores, ni al minuto de silencio televisivo. No hay altares improvisados con muñecos de peluche. Tu madre no saldrá en la tele llorando mientras sostiene tu foto, porque si no está muerta, lo estará.

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Mujeres sirias El País
EFE
Homenaje a las víctimas del vuelo MH17 /EFE
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Niña siria superviviente de un bombardeo. El país/EFE

Tener ébola en África no significa nada. Allí tampoco hay flores ni peluches ni madres que lloran. Los enfermos no están contagiados de ébola, están contagiados de olvido. Un virus cuyo remedio no se encuentra en los laboratorios. Los cadáveres desprenden un olor con la propiedad de ahogar la vida hasta el punto de quitarle toda su importancia. La muerte en masa adquiere el grado de irremediable. Morir entre muertos te arrebata la identidad. El derecho de reclamar justicia. Pero aún hay quien conserva su nombre, lejos de la muerte. Excálibur representa la vulnerabilidad de todas las víctimas. Teresa Romero, la voluntad y el riesgo de luchar contra los que miran hacia otro lado. Su hermano, es el portador del estigma, de la ignorancia. Los americanos Kent Brantly y Nancy Writebol, son la esperanza más evidente de que si se quiere, se puede. Miguel Pajares, García Viejo, Thomas Duncan. Han muerto, y han traído el miedo. Han importado una pequeña muestra de realidad: el ébola existe, y lo sufren personas con vidas valiosas.

Se puede vivir entre muertos, honrarlos y no desprestigiarlos. Hacer lo posible por invertir en la vida, desde nuestras posibilidades. O resignarnos a morir de mediocridad enterrados hasta el cuello en un mundo enfermo de muerte, porque se da por hecho que ya está muerto.

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Paisaje bombardeado en Siria. El País. Marco Longari/AFP

 

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