‘Dos días, una noche’, tiempos difíciles para la caridad

Sandra está herida de muerte y no le queda mucho tiempo para salvar su vida. Todo apunta a que en 48 horas se convertirá en otra víctima de la crisis financiera. El capitalismo salvaje ha llegado a su vida cotidiana y el miedo la arrastra hacia su rincón más oscuro. Sandra tiene todas las de perder: su jefe ha decidido que la echará del trabajo en lugar de quitar la paga extra a los otros empleados. Así, en un fin de semana, emprende un plan desesperado para convencer a sus compañeros de que renuncien al bono, para que ella pueda conservar su puesto.

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Dos días, una noche, presenta un argumento muy envolvente que no deja de ser cierto. La realidad genera sus propios conflictos y no es necesario aportar mucho más artificio para conseguir un resultado impactante. Sus directores, los hermanos Dardenne, recolectan pequeñas voces y elaboran una película con tono documental donde la sencillez y la inteligencia se complementan. No es más de lo mismo. Obras de este tipo son tan necesarias, que después de visionar el trabajo de los Dardenne dan ganas de darles las gracias.

Más allá de la crisis y los dramas que nos atañen, esta película profundiza en las raíces de la condición humana. ¿Qué harías tú? ¿Qué razones tienen sus compañeros para no querer renunciar a la paga extra? ¿Vale la pena dejar a una compañera sin su sueldo por ganar mil euros más? Cada persona tendrá sus razones para ello, algunas tan válidas para dejar a Sandra en la calle, que el espectador no podrá hacer más que esperar la decisión final sin juzgar a la mayoría de ellos. El propósito de los Dardenne se cumple: esta película no te dejará indiferente.

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Sandra es un personaje muy débil, derrotado por sus circunstancias. Se mueve entre el abandono y la persistencia, dos posiciones encontradas que hacen peligrar su estabilidad emocional continuamente. Marion Cotillard nunca decepciona, y mucho menos lo hará interpretando con tanta desnudez el papel de Sandra, una mujer que podría ser nuestra vecina o un familiar cercano.

Dos días, una noche, transmite todo lo contrario al tono deprimente que puede aparentar: ¿por qué conformarse con un sistema enfermo que no quiere contar con nosotros? Sí, hay que intentarlo. Hay que pelear, mendigar. Hasta donde la dignidad nos diga.

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