Cine a cualquier precio

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Imagen: Elpais.com

 

La fiesta del cine, la macro fiesta del cine, la manifestación más clara de que a la gente le gusta el cine. El espectador pobre, el pobre espectador, asume y soporta los inconvenientes del cine barato. Sabe que le espera una cola tediosa antes de llegar a la taquilla, sabe que quizás no queden entradas para la película que quiere ver, y sabe que quizás tenga que dejarse las cervicales en las primeras filas. Hace tanto que no iba al cine…

Si el espectador corriente aguanta todo esto, ¿quién se atreve a decir que a la gente no le interesa ir al cine? ¿Quién dice que la mayoría prefiere descargarse una peli de calidad mediocre para verla en el ordenador?

Nos gusta el cine. Es poco creíble la teoría acusatoria que demoniza a Internet y las descargas ilegales. No. Estas no son las principales causas de que los cines desaparezcan. El cine es caro. Y por desgracia, es un negocio donde el consumidor debe comprar un producto antes de conocerlo, y que además solo podrá disfrutar durante dos horas aproximadamente. La idea de invertir en algo efímero lo convierte en un acto caprichoso. Un lujo, del que es mejor prescindir, cuando el bolsillo no da para mucho.

A pesar de ello, de su carácter efímero, cuando la entrada adquiere un precio asequible, la gente va al cine. Y salen a relucir los culpables que de verdad entorpecen el consumo de la cultura: el IVA, las distribuidoras, los intermediarios. Engordar el precio limita de forma considerable la posibilidad de que una película llegue al gran público. Prefiero no pensar que ir al cine se está convirtiendo en un acto elitista, un ejercicio cultural cada vez al alcance de menos personas.

Nos gusta ir al cine. Pisar la moqueta del cine, buscar el número de nuestra butaca (cual Sherlock Holmes), bajar el asiento, mirar el reloj, esperar a que se apaguen las luces, y rezar para no salir decepcionados. Aunque, la razón más importante (y menos cursi) es ir al cine para ver y oír una película en la mejor calidad posible. Luego, por añadidura, el cine tiene otras funciones sociales, además de las creativas. Porque aunque estemos hartos del mundo, de los políticos y del cambio climático, nos gusta salir, quedar con alguien y pagar por pasar un buen rato, pagar por ver otras historias que nos hagan olvidar durante unas horas la nuestra de todos los días. Y gastar con gusto. Sin que nos sangren. Sin sentir remordimientos después de cerrar la cartera.

¿Por qué no reflexionar seriamente sobre el coste de la entrada? Pagar 2.90 por una película es demasiado barato. Y mantener la tarifa normal alrededor de los 8 euros, es delirante. Parece ser que conseguir el equilibrio entre una sala vacía y una sala masificada es un reto empresarial complicadísimo. Sobre todo, si por encima del producto cultural, de la calidad del servicio y la comodidad del espectador, siguen prevaleciendo los intereses. El cine, mientras tanto, se vende a cualquier precio. Y al espectador, como siempre, le toca pagarlo.

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