Cuando la zona de confort comienza ser incómoda

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Sandy se regodea en su propia desgracia un sábado por la noche. Le gusta mirar al vacío con ojos de cordero degollado y sentir que su vida vale menos que la gomina barata que usa Danny, su chorbo ideal. “Sé que soy una tonta dispuesta a esperarte sentada”, canta, con la cabeza apoyada sutilmente sobre la escalerita del porche de su casa.

Esperar sentada es cómodo. Hasta que las posaderas pierden sus propiedades acolchadas. Mientras tanto, estar jodida le compensa, y esconde su miedo tras la frase “No puedo hacer otra cosa”. El “hacer algo más que otra cosa” rompería el equilibrio, destrozaría su escalerita donde apoya la cabeza y el porche ideal americano.

Pero Sandy continúa sentada, porque la realidad todavía no le asfixia demasiado. Sí, es consciente de lo que pasa a su alrededor, y mide sus posibilidades imaginando otros casos de fracaso anteriores al suyo:

“Supongo que el mío, no es el primer corazón destrozado, ni mis ojos los primeros en llorar”.

Esto quiere decir que le agobia el paro, la precariedad laboral, el porcentaje de embarazos no deseados, los accidentes de tráfico, las probabilidades de que llueva justo el día que va a la pelu. Todo esto la acojona, y por las noches se pasea por el jardín, jugando a relacionarse con las plantas, sus mejores amigas.

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En una de estas vigilias de insomnio y deambular silvestre, se da cuenta de que su comportamiento no es muy normal. Ha cogido la manía de frotar su cabeza por las esquinas cual gato hambriento. ¿Quiere decir esto que necesita una lata de atún?

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“Mi cabeza dice que soy una tonta y que lo olvide, mi corazón me dice que no lo deje escapar”.

Ah… serán las voces perturbadoras, que la llevan a planear estrategias de cortejo sin sentido alguno, como maquillarse y ponerse una cinta verde en el pelo, para salir a cantar en camisón. Todo ello, por si Danny se pasara por allí casualmente y cayera prendado de su voz de sirena. Menos mal que está obsesionada y decidida, y que piensa a todas horas en Danny. De no ser así, jamás se le hubiera cruzado un cable. Porque a Sandy, no se le encendió la bombilla, se le cruzó un cable. El calambrazo necesario para salir de la zona segura y lanzarse al precipicio: ¿Y si me disfrazo de putón?

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Sandy tira a la basura el camisón de su abuela, y abandona la casita de Pinypon. Al final no solo consigue a Danny por el cuero y el carmín, la clave está en que pasó de fustigarse a sacar la fusta.

“Deberías prepararte, porque necesito un hombre”.

danny_grease

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