Sylvia, ¿dónde coño estás?

Tuve que ser grosera para que el libro se diera por aludido y supiera que de verdad lo estaba buscando a él, y no a otro. Hay libros orgullosos, o demasiado humildes, nunca he tenido claro el límite entre la excesiva modestia y la ligera soberbia. Y era eso, gritar mentalmente o susurrar al bibliotecario que me buscara el libro (cosa que nunca sucederá). Estoy aquí, aquí, aquí. Y miré, y tenía razón, ahí estaba. En la estantería paralela, no la de poesía, sino de otra cosa que ahora no recuerdo. Giré la cabeza y bajé la mirada. Casi en el suelo. PLA ant. El lomo negro, austero, brillante. ¿Estoy segura? Me gusta sacar el libro y no equivocarme, como si al extraerlo todo fuera a derrumbarse, como si solo tuviera la oportunidad de coger un cáliz de entre todos, el Santo Grial o la muerte. A la de una… dos… Sí, eres tú, Sylvia Plath, sencilla y funesta. La cubierta del libro no te hace justicia. Su ilustración parece la versión pornográfica del logotipo de los Rolling Stones. Pero es el único que hay aquí, y lo que importa es el interior, como dice ese dicho sobre la fealdad humana aplicada a los libros y sus portadas horrorosas. Tras la primera página compruebo lo que me temía, es un libro virgen, seré yo la primera en llevármelo a casa.

SylviaPlath

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