Soledad en la sala

Determinar cuánta soledad cabe en una sala es un ejercicio que bien podrían resolver cuatro borrachos, o cuatro físicos, o cuatro físicos borrachos, ya que el resultado daría lo mismo, no tendría validez ninguna. Una sala de cine vacía con un solo espectador, puede contener una soledad. O tantas soledades como butacas vacías. Pero la soledad es incontable, como dirían los libros de gramática inglesa.

La soledad, en teoría, se materializa en la ausencia de una o más personas, en la ausencia física de compañía. Lo que no deja de ser engañoso, o más bien impreciso. Es imposible medir la soledad, que puede inundar estaciones de metro a las 8 de la mañana, y no dejar ningún superviviente. O por el contrario, la soledad puede no estar presente, y abandonar de puntillas una cama vacía. Pero volvamos a la sala de cine, un espacio cerrado que bien podría tener señales de medición en sus paredes, si de verdad las emociones pudieran subir y bajar, y dejar su huella, al igual que las mareas.

Las butacas, colocadas unas junto a otras y formando filas, podrían representar los diques, los muros humanos de contención, para frenar la soledad de ir al cine y enfrentarse a la historia. Porque al final, ante la historia estamos solos. Cuando el Titanic se hundió yo tenía nueve años, y lloré como si la soledad de Rose se me hubiera cristalizado en la garganta. Yo ya sabía que Leonardo DiCaprio iba a morir, me lo advirtió mi prima, pero no pude hacer nada contra el iceberg y esa banda sonora del demonio. Acabé sonándome los mocos, porque de verdad, me sentía totalmente desconsolada. Hundida en lo más profundo de mi océano. En ese momento hubiera preferido que la sala estuviera vacía, pero estaba llena, a rebosar. De soledades, apuesto. Sólo cuando se está realmente solo y entregado a una historia, es posible acabar llorando, o riendo, o suspirando.

Aunque también sucede todo lo contrario: se sufre soledad (o abandono, más bien) cuando una película ni siquiera llega a rozarte. La decisión de salir por la puerta dependerá de si realmente estamos solos, o si alguien comparte con nosotros esa soledad. (Si la otra persona no comparte nuestra soledad habrá que soportar hasta el final, y mantener alejado cualquier objeto punzante).

En el polo opuesto, la más rara de las soledades: la soledad aparente. Dado que la soledad se representa con la ausencia, la soledad aparente es aquella que parece estar, pero no está, no hay soledad, aunque parezca palpable. En la sala de cine con un solo espectador, su soledad depende, de nuevo, de la historia. Del nivel de fluctuaciones emocionales que ésta pueda provocar en su interior, hasta inundar la sala y hacerla desaparecer.

fotografía durante la proyección de una película
Proyección de la película ‘Pride’

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