‘White god’ caperucita y la jauría feroz

WhiteGod
facebook.com/WhiteGodFilm

Las calles de Budapest lucen desoladas cual Londres al inicio de ‘28 días después’. Por la ausencia de basura y destrucción no sabemos si es domingo a las 7 de la mañana o realmente la ciudad se encuentra en estado de alarma. Lili pedalea dignamente con una sudadera de capucha azul, falda plisada y zapatitos de tacón, lo que hace preguntarnos si es hipster o ha tenido que salir por patas con lo primero que ha pillado. Tras ella una manada de perros. Por el rostro inexpresivo de la protagonista, no queda claro si Lili es líder de la jauría o por el contrario, presa de caza. No sabemos si son perros zombis o perros haciendo running. Ya se verá. Hasta aquí el prólogo.

Todo lo que sugiere la secuencia de apertura es mucho mejor que el desarrollo venidero. ‘White god’ genera unas expectativas que poco a poco se irán frustrando, hasta hacernos comprender que su inicio es un “prólogo” porque al realizador le ha quedado muy bonito y había que ponerlo dos veces.

Desde que Lili y Hagen (el perro) se separan de forma dramática, asistimos a sus vidas en paralelo: dos evoluciones marcadas por la adaptación forzosa a un mundo cruel. Ello forja la personalidad de cada uno y hace que el reencuentro entre ambos sea como ese con tu colega de primaria: incómodo.

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Con un desarrollo que se hace largo, y donde sufriremos visceral y lentamente (de estómago revuelto, sensibilidades heridas y bostezos, todo junto), ‘White god’ hace plantearnos a cada momento hasta dónde nos llevará esta huida y persecución con música de huida y persecución para los que no se enteren de que es una huida y persecución constante. Porque los perros no hablan (que tampoco sería extraño) y no pueden decir: estoy huyendo porque me están persiguiendo.

La película se compone de escenas bellas y destacables, sin duda. Un rodaje que tiene pinta de haber sido complicado, por eso que decía Hitchcock de filmar con animales. Pero ‘White god’ no trasciende mucho más. Pocas conclusiones después de su emotivo final. Intento acordarme de la frase inicial previa al prólogo, del poeta Rainer Maria Rilke, algo del amor, decía. Una sentencia preciosa junto al prólogo inspirador.

 

Artículo publicado en Novemagazine

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