Globalización sí, pero no en mi casa

Debió sentirse aturdido algún día y desde entonces raramente encendía la tele.

Decía que él no necesitaba saber qué pasaba más allá de su ciudad, que la globalización informativa era una locura que no servía para nada. No recuerdo mucho (más bien nada) de las lecciones de aquel profesor de literatura, pero aquellas cuestiones lanzadas al aire siguen resonando en mi cabeza, porque nadie fue capaz de contestar, porque el egoísmo o la cobardía que rezumaban sus palabras me dejaron perpleja.

¿Para qué? Que alguien me lo diga, ¿para qué?

Preguntaba aquel intruso autorizado —profesor de una asignatura optativa—, a futuros licenciados en Periodismo. Una profesión incómoda, precaria, la peor valorada por la sociedad española según el CIS. Yo también me pregunto por qué escogí esto, y en días como hoy me doy cuenta de que sin cámaras, sin testigos, sin medios de comunicación el mundo sería infinitamente peor. Si no hubiera un periodista en la frontera de Hungría o en las costas griegas la barbarie no existiría para nosotros, pero alcanzaría niveles atroces.

No permito que los desgraciados salgan por la tele, salgan de la tele, de mi tele,  y como zombis se arrastren por el salón de mi casa. No me gusta que se acerquen hasta mi sofá y se coman mi corazón y me contagien su muerte. Si apago la tele, si no miro Internet, construyo alambradas, cierro las fronteras, no dejo pasar lo que no me gusta, pero sí lo que me conviene. Me hago una ensalada mediterránea con tomates recolectados por un informático de Marruecos y llevo una camisa cosida por una niña paquistaní. Me da pena, pero puedo hacer nada contra la ley divina del capitalismo. Mucho hemos progresado desde la esclavitud del látigo. Yo llegué y el mundo ya estaba hecho. Solo quiero llorar por Jon Nieve y rezar un Padre Nuestro para que George R. R. Martin no la espiche hasta que acabe Juego de tronos.

Refugiada siria
Refugiada siria en la frontera de Hungría / Publico.es

No puedo hacer nada, que no, que el mundo es así: el área protegida y la zona de caza. Hay gente que nace para morir, como pollos en naves industriales, sus muertes forman parte del trato. Parte del “progreso” de la humanidad. Hay familias que valen lo mismo que una camada de conejos.  En el mundo sobra gente, sobre todo la gente que pretende ser gente, que pretende tener dignidad, no tres Ferraris, dignidad.  Hay esclavos que quieren dejar de serlo y muertos jadeantes que tardan demasiado en morir.

Occidente extiende la mano “On the air” y apuñala “Off the record”. El problema del negocio de la guerra es que la gente no quiere morirse, y por si algunos no sabían esto (que la gente no quiere morirse) la emigración, la huida, es un claro indicador de ello. Pero pedir piedad es pedir demasiado a un mundo que evoluciona gracias a la denigración y explotación de los más débiles. Débiles como tú, como yo, como ellos.

Sólo mira, mira la verdad incómoda, porque es incómoda cuando la miras. Tu dolor, tu impotencia, el horror, convierte la injusticia en un hecho injusto, y no en un árbol caído en mitad de la selva. Si no mirásemos cosas peores ocurrirían. Nos toca la responsabilidad de ser testigos. ¿Para qué? ¿Para qué me hace falta saberlo? ¿Para qué quiero saber lo que pasa? La cuestión es el nosotros.

Fotografías: Publico.es 

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