‘El Club’: letanías de amor corrupto

La película de Pablo Larraín me pide canciones de Marilyn Manson para escribir sobre ella. En concreto los éxitos ochenteros ‘Personal Jesus’ y ‘Tainted Love’ —versionados por el excéntrico americano—, consiguen acercarme a esa naturaleza oscura fuertemente reprimida por los protagonistas de ‘El club’. Estos son: cuatro sacerdotes y una monja que viven aislados en una casa con vistas al mar, de espaldas a la sociedad, después de haber cometido diferentes delitos. El objetivo de este retiro impuesto por los prelados de la Iglesia, es que sus ovejas negras cumplan una penitencia. Y ya de paso queden apartados de la opinión pública. No queda muy claro si el arrepentimiento es obligatorio, o simplemente basta con mantenerse lejos de la luz para no contaminarla.

Pablo Larraín retrata de lo malo lo peor. Ninguno de sus personajes puede considerarse digno de la fe que profesa. Así lo ve necesario su director, y no por ello pierde las formas (ello bien le ha valido el Oso de Plata en la Berlinale y la representación de Chile en los Oscar). Larraín explora con sutileza los caminos inescrutables de ese “tainted love” (amor corrupto), que encuentra justificación en el bien supremo, un bien maquiavélico que prevalece por encima de lo mundano. El sentido de la justicia de estos individuos se basa en la creencia del perdón divino, otorgado por un ‘Personal Jesus’ construido a medida para cada uno de ellos, el cual les invita —como Marilyn Manson a través de las letras de Depeche Mode—, a “extender la mano y tocar la fe” mediante el sexo, la pederastia, el homicidio, la avaricia y el tráfico de personas.

Pero a pesar de la crudeza, todo ello se reduce a un relato de los hechos que jamás se escenifica. Hay algo implícito en la película que solo puede intuirse, puede sentirse a través de un lenguaje intrincadamente metafórico que va directo al estómago, burlando las dentelladas del raciocinio. El horror de ‘El Club’ aparece dulcificado mediante cánticos religiosos, casi arrullos, que actúan como voces de sirena: engañan a quien las escucha, pero también ayudan a perpetuar la autocomplacencia en quien las emite.

‘El club’ mete el dedo en la llaga y plantea si es mejor hacer justicia, o seguir negando la naturaleza humana, seguir permitiendo que la misma letanía se repita amparada en tiempos remotos.

Artículo para Novemagazine

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