‘Macbeth’: la conquista por encima de todo

Artículo para Novemagazine

Si cine y literatura luchasen en bandos enfrentados, ambas acabarían perdiendo la pugna por el absolutismo. Partiendo de la humilde obviedad de que nada es omnipotente, el cine y la literatura salen ganando cuando no existe recelo entre la una y la otra, cuando comprenden, cada cual, hasta dónde son capaces de llegar y hasta dónde no, o más bien: en qué punto deben ceder el mando para que su amiga conquiste esa la parte del territorio donde sus tropas no son suficientes.

Teniendo claras las fortalezas y flaquezas del cine frente a una obra literaria —en este caso de gran envergadura como es Macbeth—, el director de la última versión cinematográfica del clásico de Shakespeare apuesta de manera inteligente por una estrategia que nunca falla. La mejor adaptación surge cuando el significado de la palabra se transmuta en imágenes, y no cuando se intenta traducir el texto escrito en lenguaje audiovisual, convirtiéndolo en una sucesión de secuencias sin espíritu alguno. De manera equívoca puede pensarse que la adaptación de Macbeth al cine no implica tantas dificultades como un texto narrativo, puesto que se trata de una obra teatral, una pieza que precisamente fue concebida para ser representada. Pero hablamos, de nuevo, de lenguajes distintos. De barcos que no sirven para luchar en tierra y caballos que se ahogarían en una batalla naval. De estrategas —creadores— que toman las mejores armas de ambas disciplinas, conscientes de que el objetivo no es conquistar al espectador ni convencer al lector, sino embriagar el espíritu.

Así, el director Justin Kurzel, junto al director de fotografía Adam Arkapaw, captura la esencia absoluta de Macbeth. La sensación de estar ante una obra atemporal que refleja cualquier situación de hoy, de ayer y de mañana; que comprime el espacio-tiempo cuando Macbeth tiembla ante las hermanas fatídicas, como si conociéramos ese paisaje interno donde a diario batallamos y el calor de la sangre (mezclada la propia con la ajena), es tan real como el dolor imaginario. La niebla y los pensamientos cegadores que no dejan distinguir hasta qué punto controlamos lo palpable y en qué momento (misterioso, inescrutable) hemos perdido la capacidad decisoria.

Shakespeare —o quién sabe, según tantas leyendas sobre la autoría de sus obras—, no solo retrata al monstruo de la ambición y la corrupción  desde fuera, sino que asistimos al proceso de una enfermedad mental que  la humanidad acarrea desde sus orígenes. La borrachera de poder convierte a Macbeth en un rey sediento, inmortal, que aún bebe de los manantiales que fluyen del mundo.

Michael Fassbender interpreta a Macbeth de una forma que arrastra: la transformación del perro fiel hacia el lobo sanguinario sucede rápida pero dolorosamente, atravesando los límites trazados en la moral de cada individuo. Tanto es así, que resulta imposible —como en la obra original— no sentir piedad hacia un rey envenenado por el miedo de su propia mordedura.

Si bien puede reprocharse algo a la película es solo una cosa: la imposibilidad de pararse a saborear la palabra. Los diálogos veloces dejan el pelo alborotado en los momentos más apasionantes, como un soplo de palabras en plena cara imposible de respirar. Pero estos son inconvenientes propios del medio. Mientras el lector marca el ritmo del texto, el espectador no tiene más remedio que perseguir la lengua inspiradísima de los personajes.

Pese a la interpretación libre de algunas escenas clave, como la sucedida en el bosque o la aparición de las hermanas fatídicas, no resulta chirriante, sino todo lo contrario. El matiz que adquieren estos elementos fundamentales desde el punto de vista de Justin Kurzel no hace más que enriquecer la idea primigenia. El color simbólico, la luz y el tono trascendental del movimiento desacelerado juegan a favor de la profundidad psicológica que lleva implícita Macbeth. Una historia nacida para conquistar siempre que su aroma siga inspirando, siga incitando a convertir la fealdad del alma en pura belleza.

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