Los hijos de los pobres

Familia Carneros Barranco
Familia Carneros Barranco*

 

La Nochebuena de 2013 me enteré de que mi abuelo había sido emigrante. Tomábamos la sopa, y él dijo: “Esta cuchara me la traje yo de Suiza, y desde entonces como con ella”. Los demás siguieron a lo suyo, porque mi abuelo todos los años repite lo mismo justo antes de comenzar el primer plato (de eso me di cuenta la Nochebuena siguiente y esta última de 2015). El caso es que para mí sonó revelador, y después de varios sorbos a la sopa, pregunté: “¿Para qué fuiste a Suiza?”. Supe, cuando me contestó, que antes de ir a Suiza estuvo trabajando como obrero en la ampliación del metro de París. Según él, la peor experiencia de su vida, donde vio morir a un hombre electrocutado “el moro cayó en una maya de alambre y nadie podía sacarlo, pegaba saltos hasta que se quedó seco”. Todos los días bajaban hasta los túneles en un montacargas ruinoso sin saber si saldrían vivos. De hecho, un amigo suyo siempre bromeaba durante el descenso, para quitar gravedad al asunto, ya que la siniestralidad laboral era algo frecuente. Por investigaciones posteriores y teniendo en cuenta las fechas en que emigró mi abuelo, averigüé que estuvo trabajando en la línea 3, reabierta en el año 1971. Allí aguantó hasta recuperar el dinero invertido en el viaje, porque las condiciones eran pésimas, y mi abuelo estaba acojonado. Más tarde, en Suiza, tuvo más suerte y lo contrataron en  una construcción al aire libre. Iba y venía de temporada en temporada, mientras mi abuela cuidaba de los cuatro hijos que ya tenían. Con ese dinero pudieron rehacer la vieja casa de mis bisabuelos. Años después, sin ellos saberlo, formarían parte del llamado “éxodo rural”, y se trasladaron a la capital de Málaga.

Yo tenía 25 años cuando me enteré de todo esto. Unos meses más tarde, aproveché la excusa de mi proyecto final de Realización para hacer un corto documental donde comparaba la emigración de los años 70 con la emigración actual, a través de la historia de mis abuelos y la de un joven arquitecto español en Alemania.

Fotograma Leonardo y Laura Carneros
Mi abuelo y yo, en un fotograma del cortometraje

El primer día, mi abuela se entusiasmó sacando el pasaporte, postales escritas desde Neuchâtel y fotos que yo jamás había visto “no sé si te servirán todas estas tonterías”. Nunca habría imaginado las cosas que escuché. Yo no tenía ni idea del sacrificio que habían hecho mis abuelos, porque ellos nunca le han dado importancia. La vida, supuestamente, es así.

El martes estuve visitando a mis abuelos, él sabe que llevo un año intentando irme de España. En parte, descubrir que mi abuelo emigró siendo agricultor y sin saber ningún idioma extranjero, avivó en mí aquella idea. Cuando nos despedimos, me dijo: “Voy a comprarte un cupón, el especial del día del padre”. Me hizo gracia, y a la vez me sentí culpable. Siempre me ha entristecido mucho la ilusión de los mayores por ganar la lotería y repartir el premio entre los hijos. Mi abuelo materno murió con la pena de no poder repartir la hipotética fortuna que soñaba con dejarnos. Como si no hubieran hecho suficiente. Como si se hubieran pasado la vida cruzados de brazos. Creo que esa frustración por no ser millonarios y no poder dejar tierras en herencia, en muchos casos se apaciguaría con un simple: “gracias, ya me lo has dado todo”. Pero suena tan cursi, que incluso me abochorna escribirlo.

Ayer, revisando textos que nunca llegan a nada, textos de rabia o desahogo que podrían llamarse, me encontré con “Los hijos de los pobres” en la carpeta “Escritos2013”. No recuerdo qué me llevó a escribirlo, pero creo que hoy es un buen día para recuperarlo.

Los hijos de los pobres

Los hijos de los pobres queremos demostrar algo. Dar una lección a alguien. Recompensar. Poner las cosas en un lugar que creemos justo. Amasamos el esfuerzo, como si cada día estuviera más cerca la recompensa milenaria. El bote acumulado en un show degradante, algún día, para los hijos. Nadaremos en piscinas particulares, olvidaremos los hongos y las mucosidades comunitarias. Podremos invitar a nuestros amigos a cenar y ser felices de gastar, regalar, invertir, porque nunca más usaremos el verbo derrochar. Tendremos asistentas de hogar aseguradas y mileuristas. Declararemos a hacienda, y no robaremos ayudas sociales. Tendremos Navidades capitalistas, donde brindaremos por Jesucristo y su único discípulo: Marx. Los hijos de los pobres tendremos hijos, pero antes dudaremos si tenerlos o no. Nuestros temores serán sustituidos por otros temores, temores de ricos que ahora ni imaginamos: ladrones en el piso de arriba, el secuestro de nuestro perro, el dolor facial después de un lifting. Abriremos una brecha en la tierra, en el tiempo y en los corazones de nuestros padres, al emigrar, los hijos de los pobres. Y nuestros padres seguirán confiando en el reintegro y en Nuestro Señor Jesús Cautivo, y en la vida que nos merecemos y en la inteligencia que dicen no saber de quién hemos heredado.

*Foto: De izq. a dcha.: mi padre, Paco; mi tío (el pequeño) Leonardo; mi abuela, Antonia Barranco; mi tío Miguel (el mayor); y mi “tita Mari” junto a mi abuelo, Leonardo Carneros.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. faisnar77 dice:

    Laura me encanta. Cuánto talento y sensibilidad! Y qué dureza de vida, qué condiciones tan extremas, como para quejarnos!
    Preciosa, podrás hacer lo que quieras y llegarás muy alto. Y con los pies en el suelo, que te lo ha inculcado la saga a la que perteneces.

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    1. Muchísimas gracias, Paqui. Como siempre, me sacas los colores con las palabras tan bonitas que me dedicas. Hacer lo que una quiera cuesta mucho, tú también lo sabes de primera mano (o de tu puño y letra), que andas en la lucha provista de buenas armas.

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