‘Una pastelería en Tokio’, teoría y práctica del cariño

Artículo para Novemagazine

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¿Cómo es posible que alguien que hace dorayakis no le gusten los dorayakis?, le pregunta la anciana Tokue a Sentaro, un vendedor de dicho pastelillo japonés. El hombre, avergonzado por el tono severo de la adorable señora, se muestra evasivo. La verdad es que Sentaro no tiene tiempo  para cursilerías, y mucho menos para cocinar con dulzura y amor, como le propone Tokue. El proceso de toda buena receta o propósito en la vida comienza con amar y creer en lo que se hace, a pesar de cualquier contratiempo. Partiendo de esta base, habrá que añadir a la receta mucho esfuerzo, dedicación y paciencia.

Teniendo en cuenta el título original de esta película “An”, resulta más fácil entender quién es el protagonista de ‘Una pastelería en Tokio’. El an es la pasta tradicional japonesa que contiene el dorayaki (no chocolate, como puede parecer). La metáfora vital que elabora Naomi Kawase, su directora, gira en torno a la preparación tradicional y casera del dorayaki, una receta que requiere mucho tiempo y delicadeza. Kawase adapta la novela de Durian Sukegawa para transmitir un mensaje de amor a la vida cotidiana, con sus alegrías y tristezas,  a través de un estilo más cercano al público genérico que el utilizado en sus anteriores trabajos.

El conflicto principal que presenta la película para el espectador es la agonía de no poder probar los dorayakis de judías y saber si de verdad una pasta de judías con la apariencia de un plato cocinado en la mili puede llegar a estar tan deliciosa. Por lo demás, la película consigue transmitir esa calma infinita cercana a la filosofía oriental que posee la anciana Tokue. De ritmo pausado, con música de efectos adormecedores y frases que hacia el final se repiten buscando emotividad (estas últimas poco eficaces si después de 113 minutos el espectador no ha caído en un coma profundo).

‘Una pastelería en Tokio’ son esas dos horas de reposo que necesitan las judías para que la pasta alcance su sabor, cruciales y necesarias para recordar un mensaje muy fácil olvidar en el día a día. Sin embargo, el ritmo de la película entraña el considerable peligro de convertirla en un experimento culinario. Si en la alta cocina el menos es más, Kawase peca al verter una película de pequeños sabores en una olla demasiado grande, donde la esencia queda demasiado diluida.

 

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