‘La novia’: con la fuerza de los mares, yo

Artículo para Novemagazine

LaNovia2015
Fotograma del tráiler ‘La Novia’


En una de las mejores escenas de ‘La novia’ la protagonista, Inma Cuesta, canta durante el banquete ‘La Tarara’, canción popular que escribió Lorca. Dado que la película se basa en la obra del mismo autor granadino, ‘Bodas de Sangre’, la elección de la misma parece estar más que justificada, sobre todo, si su actriz principal eclipsa y anula con su interpretación todo amago de cuestionamiento. Lo demás resulta trivial, secundario, ante tal despliegue lírico-interpretativo.

Sin embargo, Inma Cuesta canta igual que ama la novia: a capela. “Con la fuerza de los mares”, “de una forma sobrehumana”, “Como yo te amo” hubiera sido la canción idónea para dejar claro que ella es la fuerza motriz de esta película. Su interpretación titánica (de merecidísimo Goya que no se llevó) contrasta con una atmósfera tan árida por fuera como por dentro. Cuesta creer que  Leonardo (tercero en discordia interpretado por Álex García), sea capaz de arrebatar hasta el delirio (literal y “lipotímico”) a la novia.

Hay algo en esta película que contrasta fuertemente y no se sabe muy bien por qué no termina de apasionar. Supuestamente, debería, y quizá sea porque se notan demasiado las intenciones. El drama que se espera queda aniquilado por la pretensión de alcanzarlo mediante recursos estéticos que resultan más bruscos o evidentes que poéticos. Sobran planos que actúan como una nota a pie de página, que impiden ese paso hacia lo irracional, instintivo y brujo de Lorca, donde no se puede llegar de ninguna manera más que abriendo una puerta e incitando el deseo de atravesarla.

A ‘La novia’ le sobra patetismo (del griego) por un lado, y le falta contención por otro. Hay una descompensación que comienza en el reparto, en un triángulo sin cerrar donde Inma Cuesta se come a Álex García y Asier Etxeandía se sobrepasa.
Falta misterio. Si algo alimenta la tragedia es el sentimiento, la angustia de no saber cuándo ni cómo va a producirse, y si seremos lo suficientemente fuertes como para sobrevivir a ella. Cuando la desgracia llega al final de la película, todo sucede sin que duela. Hay muy poca mesura.

Apenas una pregunta contiene el momento más dramático de toda la película: “¿Tú quieres a tu novio?”. Será este, en el silencio de la noche, y no en el baile alrededor del fuego, ni cuando los amantes consuman su “pasión” bajo el olivo, ni durante el duelo de cuchillos. Ese momento en penumbra contiene toda la angustia inexistente en el resto de la película, cuando la criada (Consuelo Trujillo) pronuncia en voz alta la duda que reconcome a la novia. No hace falta más. Ni lamentos, ni estridencias fuera de lugar, sobre todo aquellas que se acercan peligrosamente al cine de terror.

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